El cuidado sostiene la vida en esta comunidad indígena al occidente de Colombia y son las mujeres quienes, en gran medida, lo hacen posible. Lideran a su comunidad, transmiten su cultura y sus tradiciones a los menores, trabajan en los cultivos y hasta realizan artesanías que pueden vender para el sustento de sus familias.
Sin embargo, cuando grupos armados no estatales imponen reglas y restricciones en su territorio, su libertad de movimiento se ve afectada y son obligadas a reorganizar su vida cotidiana y a recalcular hasta las más pequeñas decisiones.
Cuando las poblaciones son obligadas a confinarse, el impacto sobre mujeres y niñas es mayor. No solo aumentan sus necesidades, también se incrementan los riesgos de violencias basadas en género dentro de sus territorios y hogares. Esto se refleja en la vida diaria: en algunos momentos solo pueden ir a los cultivos o al río en horarios definidos y en otros optan por no salir. Actividades que antes hacían de forma regular se reducen o se suspenden y muchas permanecen más tiempo dentro de sus casas.
A pesar de esto, las mujeres siguen sosteniendo y organizando la vida en la comunidad. Desde sus roles, su participación y liderazgo han creado una organización de mujeres y han sido claves en la forma en que la comunidad se reorganiza, retoma sus actividades y encuentra maneras de seguir adelante en medio del conflicto armado.
Un proceso de fortalecimiento comunitario
En este contexto, llegamos a su comunidad y durante dos años les hemos acompañado en un proceso orientado a fortalecer sus capacidades. Este trabajo se ha construido con la participación de mujeres, hombres y niños, partiendo de sus propias dinámicas y necesidades.
Durante este tiempo, las mujeres han asumido un papel central. Han aportado en procesos de liderazgo, en la enseñanza y protección de niñas y niños, en la partería, en la producción de artesanías y en iniciativas relacionadas con el cuidado del agua, la salud y el bienestar de sus familias.
Nacer en el territorio
Lucerita es partera. Ejerce este oficio por herencia: lo aprendió de su madre y desde entonces ha estado presente en la mayoría de los nacimientos en su comunidad. En este territorio donde solo hay un pequeño puesto de salud y llegar a un hospital implica horas de recorrido por río o muchas veces no es posible por las restricciones impuestas, muchas veces la medicina tradicional sigue siendo el primer recurso.
Su labor empieza antes del parto y continúa después, entre plantas medicinales, cuidados y el acompañamiento a la madre y al recién nacido. “Cocinamos una planta medicinal para bañar a la madre. No solo nos encargamos de que el niño esté bien, sino también de que la madre lo esté”, dice.
Lucerita y otras mujeres parteras fortalecieron sus conocimientos en medicina y recibieron un kit con elementos de higiene y protección como guantes, batas, mascarillas, compresas, entre otros, para realizar su labor. Para ella lo aprendido fue muy importante porque ahora sabe muchas más cosas y la importancia de usar guantes para evitar contaminaciones en sus labores.
Hoy, cuando atiende un parto, Lucerita lleva consigo tanto los saberes que heredó como las herramientas que ha incorporado con el tiempo gracias a nuestro acompañamiento. En cada nacimiento, su presencia sigue marcando el inicio de la vida en la comunidad.
Organizarse para seguir
Lucha lidera la asociación de mujeres. Desde allí convoca reuniones, organiza el trabajo colectivo y mantiene el contacto con personas e instituciones fuera del territorio.
“La asociación está conformada directamente por mujeres. Tenemos una meta y una visión para prepararnos cuando lleguen personas externas a la comunidad”, explica. En estos espacios, las mujeres toman decisiones, se organizan y fortalecen su participación.
“Recibimos capacitación como líderesas”, cuenta.
Ahora su liderazgo no solo organiza, sino también abre caminos. En cada reunión, en cada palabra que ahora fluye con más seguridad, Lucha y las demás mujeres sostienen algo más que una asociación: construyen una voz propia para su comunidad y la hacen escuchar más allá del territorio.
Tejer para sostenerse
Bellanira teje. Trabaja con werregue, una fibra que recolecta en el monte y que necesita sol para secarse antes de convertirse en artesanía. Como muchas mujeres de su comunidad, su trabajo depende del clima y de las restricciones impuestas por grupos armados no estatales.
Cuando llegan las lluvias y las inundaciones, todo se detiene: es más difícil recolectar la fibra y la humedad impide secarla. A esto se suman las limitaciones en la movilidad y los horarios, que muchas veces les impiden salir o solo hacerlo en horas específicas.
“Debido a esto hay falta de alimentos y las enfermedades también han surgido por la inundación”, cuenta.
Para apoyar su trabajo, acompañamos a estas mujeres con la entrega de materiales y capacitaciones para fortalecer sus emprendimientos, una de las principales formas en que generan ingresos para ellas y sus familias.
Aun así, Bellanira no deja de tejer. En cada pieza sostiene no solo un oficio, sino una forma de seguir adelante para ella y su comunidad.
Hablar de lo que pasa
Danny encontró en el cuidado de otros un camino. Trabaja con niñas, niños, jóvenes y mujeres de su comunidad, y hace parte del grupo de personas que son la red de apoyo psicosocial.
Con el tiempo, entendió que no todo se ve. Que hay afectaciones que quedan en silencio y también necesitan atención.
Por eso participó en capacitaciones en protección a mujeres y niños y en prevención de violencias basadas en género. También se sumó a espacios con jóvenes, donde hablaron de emociones, de lo que sienten y de cómo aprender a nombrarlas.
Para Danny, estos espacios le han permitido aprender formas de acompañar a niñas, niños y jóvenes cuando algo no está bien. También ha compartido con otras mujeres cómo reconocer situaciones de violencia y qué hacer cuando alguien en la comunidad es víctima de ella.
Desde entonces, en su comunidad se han abierto espacios para conversar sobre lo que pasa dentro de las familias y en la comunidad. Poco a poco, entre palabras y escucha, han ido encontrando formas de acompañarse en medio de las dificultades.
Un proceso en marcha
En esta comunidad, lo que sucede en el territorio se refleja en la vida de las mujeres. En los nacimientos que acompaña Lucerita, en las reuniones que lidera Lucha, en las piezas que teje Bellanira y en las conversaciones que impulsa Danny, se ve cómo la comunidad responde a las dificultades y busca seguir adelante.
Durante estos años, el acompañamiento ha permitido fortalecer prácticas que ya existían y abrir nuevos espacios donde las mujeres participan, deciden y actúan. No se trata de empezar de nuevo, sino de ajustar lo que ya tienen para sostenerse en medio de los cambios.
Hoy, entre restricciones, lluvias y desafíos, la comunidad continúa en su territorio. Y en ese proceso, las mujeres siguen estando en el centro de lo que se organiza, se reconstruye y se mantiene en pie.
El acompañamiento del consorcio MIRE+ fue posible gracias a la financiación de la Unión Europea, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE).
El consorcio MIRE+ es un mecanismo de respuesta de emergencia conformada desde el año 2020, liderado por el Consejo Noruego para Refugiados en asociación con Acción Contra el Hambre y Médicos del Mundo quienes brindan ayuda humanitaria y contribuyen a la recuperación temprana de comunidades recientemente desplazadas, confinadas o en situaciones humanitarias complejas como consecuencia del conflicto armado y los desastres en Colombia.
