La familia Arizala está compuesta por la mamá, el papá y sus dos hijas. Su vida cambió durante una noche de reunión familiar en octubre de 2021. Hacia las 8:00 p.m., un grupo de hombres armados les exigió a los Arizala que los dejaran resguardarse de la lluvia en su finca.
“Les dijimos sí, claro, pero que se quedaran lejitos. Al buen rato volvieron y nos pidieron permiso para amanecer en la casa. A uno le da como pánico decirles que no, porque uno no sabe qué grupo son”, dijo la madre del hogar, quien accedió a sus exigencias por temor.
Esos mismos hombres, que exigieron quedarse en su casa, se habían enfrentado ese día en la mitad de la carretera contra otro grupo armado cerca de su casa. A la mañana siguiente, uno de los hombres armados le preguntó a la madre: “¿Para dónde va la niña?” “Para el colegio”, contestó la madre, a lo que el hombre respondió: “No, señora, no la mande hoy”.
Ese día también hubo disparos, y los hombres armados permanecieron en la finca de los Arizala. “Me dijeron que les vendiera comida, según ellos para que yo les hiciera los alimentos. Yo les dije: ‘Les vendo, pero ustedes verán dónde la cocinan’. Mi esposo les vendió gasolina, yo les vendí arroz, unos huevos que tenía y un pedazo de panela y café”, cuenta la madre.
Después de desayunar, las personas armadas se fueron y el conflicto se agudizó. “Fue un susto para nosotros. Uno no está acostumbrado al conflicto”, dijo la madre de los Arizala.
“La madre de la familia vivió toda su vida en esa misma área; el padre llegó hace unos 30 años. Él no quería quedarse viviendo en ese lugar, pero conoció a quien hoy es su esposa. ‘Nos enamoramos un poquito’, asegura el señor Arizala.”
En la finca de los Arizala había 16 vacas, 14 gallos, conejos, perros, gatos, pava y algunos pollos y gallinas. Sin embargo, tan pronto como el conflicto se agudizó, tuvieron que huir y dejar su finca atrás. Buscaron un albergue en un lugar cercano y dejaron solos a sus animales.
“El día que vine para acá (al albergue) me dolió dejar a un perrito que se llama Mono, un animal loquito al que amamantó una gata y se volvieron mejores amigos”, afirma la hija menor.
La familia Arizala se desplazó con más de 2,000 personas que huyeron de esta zona entre octubre y diciembre de 2021 por el conflicto armado. Al abandonar a sus animales por el conflicto, los Arizala sabían que los pollos se podían morir de hambre, las vacas se quedarían sin hierba, invadirían fincas vecinas e incluso correrían el riesgo de activar alguna mina antipersonal que las mate. “Tengo unas vacas que ya van a parir, por allá solas no se sabe qué les pasa; a veces (las vacas) paren a los terneros, pero se pierden”, dijo el padre de los Arizala.
Para una persona del pueblo Wiwa es fundamental limpiar el pensamiento: una vez se casan, las mujeres lo hacen a través del tejido con hilo de algodón y aguja, mientras que los hombres lo hacen a través del “poporo”, un instrumento ritual hecho con una base de calabaza y que va aumentando su tamaño con la mezcla de hojas y cal de conchas del mar.
Los Arizala nunca aceptaron las ofertas que les hicieron para comprar la finca porque nunca quisieron irse. Sin embargo, esta vez no tuvieron otra opción más que huir del lugar que más querían, su finca.
Empezar de cero no es sencillo. “Dejar de la noche a la mañana botado todo es duro. Uno tanto que se jode. Eso es lo que a mí me duele tanto”, lamentó la madre. Como consecuencia de los combates constantes en la vereda, muchas balas quedaron en la tierra e impactaron las viviendas. “Fueron 12 kilos de casquillos (de bala) los que recogí. Mi casa recibió una bomba que rompió la pared y por eso nos tocó salir. No se sabe cuándo termine esto”, dijo un hombre que también se desplazó y que vive cerca de la familia Arizala.
La señora Arizala dice que lo más caótico, en medio del conflicto, es el sonido de los aviones que asusta a la gente, porque no se sabe qué artefactos explosivos van a tirar. “A veces caen bombas en las casas y a veces matan a los animales”.
Cuando se escuchan disparos, a la hija menor se le paraliza el cuerpo y no se puede mover, se le quiebra la respiración y se esconde. Por eso, volver a su finca en medio del conflicto no es posible.
La ruptura espiritual
“No solo estamos desplazados en el cuerpo, sino también en el espíritu. Hay una interrupción abrupta del trabajo espiritual. Al sacarnos o al matar a nuestros ‘mamos’ [líderes espirituales], también están matando parte de la Sierra Nevada”, nos cuenta Loperena, indígena Wiwa que representa los derechos de las mujeres de su comunidad.
Loperena explica que en el momento que nacen, la placenta de cada Wiwa es enterrada y a ese lugar deben llegar a hacer ‘pagamentos’ —ofrendas de agradecimiento— durante toda su vida.
Su conexión es tan grande que, como consecuencia de la masacre del 2002, la naturaleza también respondió.
“La Madre Tierra cobró toda esa sangre que se derramó. Hubo una avalancha incalculable que arrastró los árboles, hasta los más grandes. Tenemos que hacer nuestros pagos espirituales para que no nos vuelva a pasar algo semejante esta vez”, dice Loperena.
Su preocupación por el desplazamiento actual es profunda: una segunda ruptura espiritual y, con ella, la pérdida de sus tradiciones y la misma naturaleza de la Sierra Nevada.
Usted puede seguir ayudando a familias como los Arizala, afectadas por el conflicto armado en Colombia y que no pueden volver a sus hogares.