Encerrados en su propio territorio

Fotografías: Alejandra Muñoz - AICA Colectivo / NRC

Imagina que un día, sin previo aviso, un grupo armado no estatal te ordena quedarte en tu casa; no puedes ir a trabajar, llevar a tus hijas o hijos a la escuela, recibir tratamiento médico para una enfermedad, visitar a un vecino, ir a recolectar agua o trabajar en tu cultivo. No se trata de un confinamiento para frenar la propagación de una enfermedad contagiosa; es una táctica de guerra impuesta por los grupos armados no estatales.  

Para miles de personas en Colombia esta situación es real. Se trata del confinamiento forzado, una estrategia de control que utilizan estos grupos armados y que limita el derecho a la libre movilidad de comunidades enteras para lograr el control de economías ilícitas y corredores estratégicos. 

Cuando una comunidad es confinada, no solamente se viola el derecho a la libre circulación, sino que se vulnera el derecho a la salud, educación o alimentación. Desde enero de 2025 hasta febrero de 2026, más de 170.000 personas fueron afectadas por esta situación en Colombia. 

Detrás de estas cifras, hay historias de comunidades enteras que son obligadas a sobrevivir por semanas solo con lo que tienen en sus casas. En el pacífico colombiano, al occidente del país, personas afectadas por el confinamiento quieren contarle al mundo lo que significa vivir encerradas en su propio territorio.  

Atrapados en el hogar

En una casa de madera al lado del río, vive Ezequiel* junto a su familia. Él es un padre de familia que, como cualquier otro, desea que sus hijos tengan oportunidades y puedan salir adelante. Hace poco tuvo una conversación con uno de sus hijos de ocho años, luego del asesinato de un hombre como consecuencia del conflicto armado: 

─ “¿Y nosotros nos vamos a quedar acá?”, le preguntó su hijo. 

─ “Sí” ─, le respondió Ezequiel con cierto temor. 

─ “No, papá, vámonos de acá, aquí estamos en peligro”. 

Ezequiel no pudo decirle toda la verdad; salir del territorio no es una opción. No tienen recursos para empezar de nuevo lejos de su hogar, ni un trabajo que permita sostener a la familia. Además, el miedo a perder la vida es un riesgo al salir de su territorio. 

La vida que se detuvo fuera de casa

Nancy*, recuerda que la vida antes del confinamiento era distinta. Caminar hasta el cultivo, sentir la caña en las manos, recorrer la selva sin temor o navegar el río de arriba abajo hacían parte de la rutina diaria. 

“A veces uno se iba para su cañaduzal a coger su cañita y uno andaba tranquilo, pues ahora uno ya no lo puede hacer. A uno el temor no lo deja ir a los montes a cortar el banano, a traer una papa china o a cortar la caña. Y pues, de eso es de lo que nosotros vivimos”, mencionó Nancy. 

Como consecuencia de las limitaciones impuestas por grupos armados no estatales, el trabajo en los cultivos es imposible. En consecuencia, muchas familias como la de Nancy no pueden ni sembrar ni recoger sus alimentos, tanto que en algunas casas deben racionar la comida y decidir cuántas veces al día comerán o a quiénes deben priorizar. Hay días en los que reparten pequeñas porciones para que todos puedan comer algo y evitar que alguien se acueste con el estómago vacío. 

Además, el miedo ha transformado la infancia de las niñas y los niños en la comunidad. Padres y madres prefieren cumplir con las órdenes impuestas y mantener a menores de edad dentro de sus casas, evitando que vayan solos a la escuela o jueguen afuera. Incluso la escuela ha tenido que suspender clases presenciales porque los docentes tampoco pueden salir de sus casas. “Los niños mantienen atemorizados”, dice Nancy. 

Vivir en confinamiento

Fabio* recuerda que un día le dijo a su vecina desde la casa: “Aquí parece que tuviéramos que pedir permiso para vivir”. Y es que, según cuenta, incluso para decisiones cotidianas y simples —como poner música a alto volumen— deben pedir permiso a los grupos armados no estatales que ejercen control en el territorio. 

Él trabaja como lanchero y su vida diaria transcurre en el río. Incluso cuando la población no está confinada en sus casas, los horarios de circulación están restringidos y pueden cambiar dependiendo de las órdenes del grupo armado no estatal; por ejemplo, existen días en los que pueden transitar con permiso, solamente personas previamente autorizadas. Existen jornadas en las que se prohíbe el acceso al río desde las cuatro de la tarde, lo cual afecta el sustento y la rutina diaria de los habitantes. 

Una crisis sobre otra crisis

La comunidad enfrenta una doble crisis: las inundaciones y el confinamiento. Las lluvias de los primeros meses de 2026 inundaron casas, contaminaron fuentes de agua y dañaron los cultivos de los que dependen muchas familias. Al mismo tiempo, las restricciones de movilidad impuestas impiden salir del territorio, por lo que muchas personas no pueden acudir a centros de salud, conseguir medicamentos o recibir atención médica oportuna. Enfermedades que podrían tratarse con facilidad se agravan con el paso de los días, mientras el hambre y la falta de agua segura debilitan aún más la salud de la población. 

El confinamiento pesa sobre la salud mental de la población, la incertidumbre constante, el miedo y la sensación de encierro afectan el bienestar emocional de las familias. La preocupación por la comida, por los hijos y por lo que pueda ocurrir en el territorio genera estrés, ansiedad y agotamiento que cada día representa una prueba de resistencia para comunidades que viven sin saber cuándo podrán recuperar su movilidad y su tranquilidad. 

Las mujeres y las niñas enfrentan riesgos mayores, pues la imposibilidad de desplazarse impide que muchas de ellas no puedan acceder a controles prenatales, métodos anticonceptivos o atención durante emergencias obstétricas. Las parteras o médicos comunitarios hacen lo posible por acompañar, pero los recursos son limitados y la distancia a servicios especializados puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. 

Las noches son especialmente difíciles. La poca gasolina disponible no siempre alcanza para mantener encendidas las plantas que iluminan las casas. Cuando el combustible se acaba, la comunidad queda a oscuras. En ese silencio, entre el cansancio, el hambre y la enfermedad, la espera hasta el amanecer se vuelve interminable, mientras las familias intentan sostener su salud y su esperanza en medio del aislamiento. 

Ayuda que salva vidas

El respeto que existe tanto por la ayuda humanitaria y las reglas en los conflictos armados, permite el acceso de actores humanitarios a territorios remotos con el fin de brindar asistencia y aliviar el sufrimiento de las comunidades rurales. Mecanismos de respuesta a emergencias, como el consorcio MIRE+ han facilitado la llegada de ayuda humanitaria a través de jornadas de atención en salud, entregas de kits de alimentos, kits de elementos de higiene personal, útiles escolares nuevos y actividades educativas para que las niñas y niños continúen su aprendizaje en medio de esta situación. El consorcio MIRE+ comparte, además, mensajes de protección y autocuidado para esta población afectada por el conflicto y los desastres.  

Estas acciones que salvan vidas y alivian necesidades de las comunidades más apartadas del país son posibles gracias al apoyo de la acción humanitaria del Consorcio MIRE+, financiado por la Unión Europea, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE).  

El consorcio MIRE+ es un mecanismo de respuesta de emergencia conformado desde el año 2020, liderado por el Consejo Noruego para Refugiados en asociación con Acción contra el Hambre y Médicos del Mundo Francia, quienes brindan ayuda humanitaria y contribuyen a la recuperación temprana de comunidades recientemente desplazadas, confinadas o en situaciones humanitarias complejas. 

*Los nombres han sido modificados para proteger la identidad de la población. 

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